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Esqueleto de la mujer: cosas que no sabías

| Categoría: Fitness.

Si alguna vez, observando a una mujer, has pensado eso de “me muero por sus huesos”, sin duda este artículo es para ti. El esqueleto de la mujer, pese a tener un diseño muy similar al del hombre, posee algunas características que lo diferencian del de sus homólogos masculinos, como por ejemplo el hecho de ser en torno a un 20% más ligero. Esto viene determinado, entre otros factores, porque su densidad ósea es ligeramente menor.

El tamaño de la caja torácica es menor que el de los varones, lo que supone disponer de un volumen torácico más reducido. Esto se traduce en una menor capacidad pulmonar en comparación con un varón del mismo tamaño y composición corporal. Desde un punto de vista exclusivamente estructural, esto ocurre porque los órganos respiratorios disponen de menos espacio para expandirse y llenarse de gases, afectando a la capacidad respiratoria y aeróbica de las féminas.

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Tener la caja torácica más pequeña y estrecha también tiene repercusiones mecánicas. Desde un plano sagital (vista lateral), podemos observar cómo la caja torácica es menos prominente en las mujeres. Si observamos de perfil, el esternón de los hombres está más adelantado e inclinado hacia arriba, lo que mecánicamente hace de leva anatómica, como lo haría la rótula en la articulación de la rodilla, mejorando la mecánica de los músculos que cruzan las articulaciones de dicha zona. En este caso, las que van del húmero al tórax cruzando el complejo articular del hombro, como el pectoral mayor o el dorsal ancho, permiten (siempre en igualdad de condiciones) producir mayores momentos angulares que en las mujeres sobre las correspondientes articulaciones. Vamos, dicho en romano paladino, que los hombres están diseñados para mover más peso empujando o traccionando con los brazos.

Por el contrario, la pelvis ósea femenina presenta una anchura mayor que la masculina, disponiendo los ilíacos más abiertos y separados. Al revés de como ocurría con la extremidad superior, esto mejora la mecánica de los músculos insertados proximalmente en estos huesos que van a parar a las entesis del muslo o la pierna, como los glúteos o el tensor de la fascia lata, que cruzan la articulación de la cadera y la rodilla, respectivamente. Esto explica en parte que, en igualdad de condiciones, las mujeres exhiban una fuerza relativa de sus extremidades inferiores mayor que la de los varones. Poca broma.

Es posible que esta ventaja mecánica no sea tanto un fin en sí mismo, si no una consecuencia derivada de la necesidad de proveer de un mayor espacio a los estrechos de la pelvis, los “agujeros” superior e inferior de esta estructura. De este modo, permiten un desarrollo más cómodo del proceso de la gestación (estrecho superior), especialmente en el tercer trimestre donde el bebé alcanza la madurez necesaria para presentarse en sociedad, acompañada del culmen de su tamaño fetal y del determinante proceso del parto (estrecho inferior). Como decía Kirstie Alley en la divertida Mira Quién Habla, de 1989, “intenta sacar un melón por el agujero de un limón, a ver qué cara se te queda”. Pues ahí tenéis la explicación.

Respecto a las extremidades propiamente dichas, la menor longitud de estas en el esqueleto de las mujeres ofrece una paradoja mecánica. Por un lado, puede suponer una desventaja a la hora de realizar lanzamientos (extremidad superior) o desplazamientos (extremidad inferior).  Las extremidades más largas generan outputs de fuerza más altos debido al mayor momento inercial -lo lejos que está el extremo distal de la extremidad respecto al extremo proximal-, que será el eje articular.

Es decir, a las extremidades más largas de los varones les costará más poner en marcha el movimiento del segmento, pero una vez acelerado costará mucho más cambiar su estado por lo lejos del eje que está. Esto aumenta exponencialmente la velocidad y la fuerza del final del segmento y de lo que desde ahí se lance (por ejemplo una jabalina), comportándose como un látigo, que escuece más cuanto más largo es. Vamos, que el típico latigazo piscinero con la toalla picará más si, con la misma técnica, te lo da alguien con el brazo más largo.

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Por contra, esa menor longitud de las extremidades de las féminas puede jugar en su favor a la hora de “mover peso”, pues la menor palanca ofrece una ventaja mecánica (repito, siempre en igualdad de condiciones) frente a extremidades más largas, ya que la palanca a través de la que se transmite la fuerza de la carga a la articulación, por ejemplo en un  press con mancuernas, denominada brazo de momento, será menor, pudiendo compensar añadiendo más peso en la mano.

Hablando de extremidades, la inferior en las mujeres tiene una singularidad muy evidente: el denominado ángulo Q. Es el responsable del valgo de rodilla o “rodillas en x”, característico de las hembras de nuestra especie. Este ángulo que se lleva la articulación de la rodilla hacia el interior, pese a ser natural, puede incrementar el riesgo de lesión articular si, en ciertas condiciones, se abusa de los apoyos monopodales en carga, especialmente cuando las fuerzas son elevadas y repetidas. Ojito con correr si eres una mujer, tienes sobrepeso y tus padres te obsequiaron con un prominente valgo de rodilla, ya que tienes muchas papeletas para la rifa y el premio gordo es una avería en la rodilla.

Como nos quedamos sin espacio (hace rato), solo recordaros que el ligamento cruzado anterior es más fino en las mujeres, por lo que tiene menor resistencia al estrés tensil (se rompe cuatro veces más fácil que el de los chicos, especialmente en la segunda mitad del ciclo menstrual). Además, las mujeres suelen manifestar una mayor hipermovilidad articular, la denominada en ocasiones hiperlaxitud, lo que las favorece para el desarrollo de ciertas habilidades como la danza o la gimnasia, pero que a la vez puede elevar el riesgo de desgaste articular, afectando principalmente al cartílago hialino y produciendo ciertos tipos de artropatía. Explorar rangos, chicas, pero hacerlo con control, de manera activa y siempre que no haya dolor.

Por hoy ya está bien. La próxima vez que observando a una chica pienses eso de “me muero por sus huesos”, quizá sea más cierto de lo que piensas, sobre todo si te toca estudiarlos.

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